No puedo dejar de escribir sobre el último comentario que ha dejado una amiga en este blog.
A ella, y como lo indica en su post, la conocí en uno de los trabajos más macabros que puedan exisitir: inscribiendo a gente para que sacase tarjetas de crédito de una conocida casa comercial.
A ella, y como lo indica en su post, la conocí en uno de los trabajos más macabros que puedan exisitir: inscribiendo a gente para que sacase tarjetas de crédito de una conocida casa comercial.
Debe haber sido durante el año 2001. Verano. El tiempo apuraba por juntar los pesos y hacerse de una cantidad mínima para tomar la mochila y largarse de la ciudad. Por eso cualquier cosa era buena, cualquier trabajo (hasta el más cabrón como es trabajar en una tienda en el último eslabón de la gran cadena facha del crédito) era aceptable. No bueno, digásmolo. Sólo aceptable. Como cerrar los ojos y apretar la nariz para que el purgante pase rápido por la garganta.
Fuimos un grupo de estudiantes universitarias a plantarnos ahí. En las puertas de la gran tienda, en la época más asquerosa del comercio como son los días anteriores a la navidad. Con un calor de mierda, con un aire de mierda, con una música ambiental de mierda y con zapatos de taco y apretados que hacían que todo el tiempo uno se imaginase en el suelo. Ni hablar de un asiento, ni hablar de jornadas de trabajo legales, ni hablar de quince minutos de descanso, ni hablar de respeto. Todo el tiempo estaba sobre nosotras un viejo patético y con aspecto de cirroso cuya única tarea era vigilar nuestro trabajo. Se escondía detrás de las plantas o los pendones publicitarios para observar, para captar el instante justo en el que hiciéramos algo que no fuese sonreír y decirle a la gente que entraba "¿desea la tarjeta xxx...?"
Más encima estaba, durante los primeros días, la absurda antipatía de las promotoras antiguas que veían en nosotras un peligro en su estabilidad de trabajo y, por tanto, económica. La horrenda historia del embarazo antes de salir del colegio, la horrenda historia de la Enseñanza Media jamás terminada, los horrendos líos amorosos con el supervisor o el guardia de seguridad.
Pero en todo ese desastre hubo algo que valió la pena.
Conocí a dos mujeres entrañables. Dos estudiantes de diseño gráfico que me explicaron por primera vez en la vida qué diantres era el diseño gráfico. Miraban cualquier tríptico que promocionara algo y comentaban "mira esta fuente (ahí aprendí que fuente se refiere a tipos de letra) no está bien para este anuncio..." o "¿cuál de estos logotipos te gusa más...?" Yo las miraba, y escuchaba con atención sus conversaciones. Nunca nadie me había hablado sobre lo que era el diseño, nunca nadie me había explicado que hasta el letrero más simple tiene su técnica, incluso aquellos que parecen no tenerla. Me reí mucho con ellas dentro de ese cuadrado infernal de la tienda. Mirábamos a la gente y hacíamos observaciones de estilo, hablábamos de cremas y maquillajes, de nuestros amores inconclusos y de aquellos tormentosos, íbamos a crear nuestra propia empresa: "Chilean human shit"; no teníamos muy claro qué ibamos hacer con la caca de los chilenos, pero sí teníamos una imágen corporativa que no era algo menor.
El otro día una compañera me dijo: "a tí siempre te pasan cosas... a mí no, mi vida es como un lago..." -yo le respondí- "es lo que a cada uno le toca vivir". Sí, es lo que a cada uno le toca vivir pero que en gran medida se ha elegido o por lo menos se es responsable. Yo pensé que mi vida también podía ser un lago, pero un lago lleno de tablas flotando en la superficie, y yo soy la mujer que debe saltar de tabla en tabla para no hundirse. Hay tablas en las cuales duro más y otras debo abandonarlas más luego, pero mi vida es un saltar y saltar sobre un acuático equilibrio precario. Y es bueno. Quizás no lo mejor pero sí bueno. Un salto me llevó a ese trabajo donde conocí lo que es partirse los pies y la espalda por unos pocos pesos y saber que hay gente que lo hace no para salir de vacaciones como yo sino que para alimentar a su familia. Viví la contradicción de sentirme ejecutando una inmoralidad al trabajar para esos desgraciados pero sentí la tranquilidad cuando mi madre me habló de la libertad que cada persona tenía para utilizar o no utilizar una vil tarjeta de crédito. Recuerdo la felicidad del último día y la felicidad aún mayor de nuestro sueldo.
Un salto me acercó a esas mujeres, otro me alejó. Sin embargo no nos hemos perdido de vista.
1 comentarios:
De salto en salto.
No son como yo pensaba, no son como yo creia.
LAs tarjetas de credito son terribles, trabajar en multitienda aun peor.
PEro nadie dijo que la vida era rosa.
ME interesa el negocio de la mierda chilena, al menos hay de donde sacar, aunque no se si haya alguien que la quiera comprar.
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