A mí como que me pasan cosas con el baile. Con el hecho de bailar. Para los que me conocen lo anterior no es un misterio: saben que para mí una fiesta no es tal si no hay un BUEN bailongo de por medio. Soy una especie de fanática de mover el cuerpo al ritmo de la música (de casi cualquier música), una ferviente cultora del movimiento de caderas y del bamboleo de rodillas. Además, ahora que soy "adulta", tengo el plus de no temerle al ridículo, lo que hace que me haya transformado en casi una incansable devoradora de hits bailables. Además, a mí bailar me parece algo maravilloso: una especie de milagro cultural alejado (en cierta y relativa medida) de la estúpida racionalidad moderna. Se baila porque sí. Porque el cuerpo te lo pide. Puedes darle una cierta "finalidad": liberar tensiones, seducir, afinar los músculos, etcétera, pero siempre en el baile eres tú que a través de tu cuerpo hablas. O gritas. Por lo menos yo cuando bailo generalmente no pienso en nada, para mí bailar es casi una meditación; incluso una forma de comunión con la parte no- racional de mi ser.
Además, bailando me han pasado cosas bellísimas, por lo que podría suponer que bailar es también una forma de comunión con el otro. Recuerdo, por ejemplo, la vez que fui a Chiloé y en una fiesta comunitaria (en una casita de madera llena de olor a curanto y chicha) bailé con un señor la cueca chilota más linda que nadie pueda imaginar: aún recuerdo sus botas de goma (atuendo de trabajo de todos los que laburan en las salmoneras) haciendo crujir las tablas del lugar, su gorrito de lana y su cara rosada producto de una mezcla entre el copete y el frío de la isla. También recuerdo haber bailado cueca en San Javier, con un huaso cuyas espuelas casi se enterraban en el piso de tierra de la fonda. Ahí mismo bailé rancheras y corridos (música que la rompe por esos sectores) y en Santiago he bailado hasta en la calle, para la víspera de un año nuevo. De la misma forma me acuerdo de una fiesta en la que me preguntaron si, por casualidad, no había estado en Rojo alguna vez.
De lo anterior se puede deducir que bailo de todo. Es verdad. Bailo de todo y con todos. La única restricción es que no me agarren el poto o las pechugas si no quiero, además que no me joteen (también si no quiero).
Para este año nuevo me pasó algo muy raro, algo que me hizo pensar que a través del baile se puede, además de todo lo señalado anteriormente, dar cantidades infinitas de amor: una señora de una mesa cercana a la mía había permanecido sentada toda la noche, a pesar de que la orquesta tocaba como para producir sordera. Me llamó a su lado y me preguntó "¿serías tan amable de bailar una canción con mi marido?". Por un segundo pensé que me estaba haciendo una broma, o que se había molestado por mi casi enloquecida forma de bailar... bajé la vista para pensar en por qué me había hecho esa pregunta cuando descubrí el motivo: ella padecía de poliomelitis, lo que si no era un impedimento para bailar sí (probablemente) era un gran obstáculo; le dije casi inmediatamante que sí, porque pensé que si no se podía mezquinar el amor tampoco se puede mezquinar el baile. Aún no sé por qué hice esa analogía. La cosa es que el marido era un señor gordo y con lentes, que al terminar la canción me dijo "oiga que baila bien usté ah...".
Esa misma noche bailé con un tipo que lo había pateado su novia el día anterior... le dije que eso no importaba absolutamente nada, que en el 2009 le iba a ir estupendo, que se dejara de pensar webadas y que para eso lo mejor era el baile. Se lo dije con tal seguridad que me hizo caso, y cuando me fuí (a eso de las cinco de la mañana) tenía una sonrisa del porte de su cara y me dió muchísimas gracias.
Yo también le agradecí a la vida por el baile.
1 comentarios:
HERMOSO!!!
lo más lindo que te he leído.
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