domingo 5 de abril de 2009

Caleidoscopio

A veces se me olvidan las cosas. Pero no las llaves, el teléfono o un cuaderno. Se me olvidan sucesos ocurridos, palabras, nombres, y también personas. Es un poco terrible. Mi mamá me dice que es por el cansancio… yo creo que es porque pienso mucho todo el tiempo. Ayer, una joven me saludó afectuosamente en la Universidad, me preguntó cómo estaba y qué estaba haciendo como si me conociese de toda la vida, y en mi cerebro había una orquesta de grillos cantando: cri- cri… cri- cri… llegó un momento en que tuve que parar y decirle “disculpa pero… ¿de dónde te conozco?”. Ella citó una situación que tampoco recordé muy bien, por lo que le hablé de aspectos más o menos importantes de mi vida durante aproximadamente 15 minutos sin tener muy bien idea quién era ni de dónde la conocía. De pronto me dio una referencia que pude recordar y ahí me sentí mejor, un poco más tranquila.
Pero así como olvido ciertas cosas a veces recuerdo intempestivamente otras. Así, de la nada, una palabra detona el recuerdo de algo que estaba ya en el lodazal de mi cerebro. El otro día mi amiga Rebe- Rebe me dijo algo sobre un Hammond, y como un relámpago vino a mi cabeza la vez que en un carrete me topé así, impunemente, con uno. Por esos días yo andaba pegada con In-A-Gadda-Da-Vida de Iron Butterfly, por lo que por un momento fui muy pero muy feliz tratando de sacar algunos acordes de esa canción. No lo conseguí pero eso fue lo de menos, porque toparse en la vida con un Hammond bueno y sonando en perfectas condiciones es casi un regalo de la existencia para cualquier rockera.
Ayer, (también ayer) rumiaba a bordo de una micro, al final de una larga y agotadora jornada, más o menos lo mismo de siempre: que uno nunca es, sino que siempre está siendo. En otras palabras: no soy un producto terminado y acabado de algo sino que más bien soy un proceso; no soy el final de una ruta sino que un mero punto de intersección de distintas aristas; no una línea recta sino que una madeja; no un constructo estático sino un precario equilibrio de muchas cosas. Es por eso que siempre me considero compuesta por mis lecturas, por las canciones que oigo, por los colegios por donde pasé, por los viajes que he hecho y los lugares que en ellos conocí, por los amigos que tengo y tuve, y por mi terrible mal genio. Entre otras cuestiones.
Pero por qué todo esto. Porque el otro día le dije a mi vieja que uno es el producto de sus decisiones (continuando con lo argumentado más arriba) y porque recordé algo que había olvidado absolutamente.
En el verano del 2006 yo estaba en Santiago odiosa y deprimida por no tener plata para salir de vacaciones. Aquella situación me tenía al borde de la locura, ya no soportaba el calor agobiante de la ciudad. Como por esa época yo cursaba mis estudios de actuación, mi currículum daba vueltas por cuanta productora (buena-mala-fea-chanta) existiese. Por eso, probablemente, es que un día una cálida voz me llamó para ofrecerme la milagrosa solución a mis problemas: un spot publicitario en el cual mi participación se limitaría, con cueva, a un par de segundos, y por el que me pagarían doscientas lucas. De más está decir que por un segundo alcancé a ser la mujer más feliz de la tierra y que por ese mismo segundo creí en Dios, la Virgen, San José y toda la corte celestial… todo eso era una maravilla hasta que pregunté por curiosidad (y muerta de la risa de la pura felicidad) de qué era el comercial. La cálida voz me respondió:

Es para la campaña presidencial de Piñera.



Me acuerdo haber respirado hondo, haber bajado los ojos y haber dicho con la voz más solemne que una persona puede sacar de sí, “lo siento, pero no puedo”.
No sé, hay personas que tienen las cosas claras y perfectamente delimitadas: la pega es pega, la plata es plata y así sucesivamente. Pero para mí no. Como yo me considero en un continuo hacer-me, en un interminable construir-me con distintos materiales provenientes de distintas partes eso me obliga a reconocerlos y a no escupir sobre ellos. De lo contrario, estaría cayendo en un movimiento cuasi psicótico del "soy esto pero hago lo otro" o "hago un paréntesis en mi identidad para convertirme en un personaje" (weá inconcebible e imposible incluso para un actor). Por eso no pude hacer el comercial de Piñera: si lo hubiera hecho habría sido como mutilarme, como tomarme con soda mi recalcitrante vocación de izquierda. Probablemente una vocación escueta y penca, pero vocación al fin, que me construye, me explica y me remece cuando comienzo a dormirme con el fantástico canto de sirenas propio del neoliberalismo.
Después vi el famoso comercial. Era tan corto y tonto que probablemente nadie me hubiese reconocido y si alguien lo hubiera hecho lo habría olvidado en tres segundos… pero YO lo habría sabido. Y eso era suficiente para decir que no.


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