El sábado recién pasado hablamos con una amiga sobre puros tipos y tipas “duros/as”. Sobre personas/personajes que durante su vida o en algunas de sus producciones artísticas han sacado a relucir aquello que (desde el S. XIX y gracias a otro “rudo”) se ha denominado como “las flores del mal”: hombres y mujeres que, en términos puros y simples, han metido decididamente la mano, la cabeza, o incluso el alma en lo que literalmente podríamos llamar el pozo de mierda del ser humano; sujetos/as que, con más o menos conciencia, con más o menos consistencia, se han adentrado en los posibles y enredados vericuetos de la… ¿cómo llamarle?... “miseria humana”. Sé que no es un buen término, no es la mejor forma de presentarlo pero es que hasta nombrar de algún modo lo que quiero representar resulta difícil. Todos los posibles términos (corrupción, degeneración, perversión, oscuridad, abyección, etc.) remiten a un correcto e inmaculado status quo anterior, a una cierta degradación o envilecimiento de algo que en algún momento fue bueno, fue limpio, fue claro. En otras palabras, la terminología remite invariablemente a algo que era pero ya no es, a la caída, al trágico e inevitable descenso del héroe que brillaba y que ahora no. Lo anterior me hace pensar que hasta en el lenguaje y, quizás, POR el lenguaje en tanto sistema, en tanto orden, es que el estado “natural y bueno” de las cosas sea el de la civitas, el de la comunidad jerárquica y ordenada bajo cierta ley, bajo ciertas éticas (por decirlo a bastante grosso modo) que en el fondo aseguran la mantención y reproducción de determinada cultura. Es en el mismo (y por el) lenguaje donde se establece la primacía de lo puro, recto, virtuoso y decente; en definitiva cuentas, de “lo bueno”.
Pero lamentablemente y casi como una ley, sólo podemos conocer por la diferencia: por lo “malo” es que existe “lo bueno” (omito voluntariamente aquí siglos y siglos de filosofía y, muy especialmente, el pensamiento dialéctico, que me perdone mi copiloto Carlitos). Entonces, también lamentablemente, siempre hay alguien que tiene que hacer “el trabajo sucio”, siempre hay algo/alguien que tiene que chapotear en el lodo para que la figura alba y redentora de lo que sea (una ley, un Cristo, un/a sujeto/a u otra figura) tenga alguna gracia y algún poder. Siempre alguien tiene que pintar las cosas color negro (como dirían los Rolling Stones) para que el paisaje multicolor luzca. Y quizás por lo anterior es que las sociedades reaccionan con indignación, asco, ira, rechazo, pero a la vez con una retorcida fascinación hacia estos seres o personajes: ellos, al tocar el mal, al descender a los abismos de la vileza, encarnan aquello que da muchísimo miedo y que es mejor que esté fuera y lejos. Lejos de mí, de mi barrio, de mi gente, de mis amigos, etcétera. Al parecer esta es “la gracia” del mal: cuando puede ser observado desde cierta distancia y, por ende, el riesgo de “contaminación” con esta peste está totalmente controlado. Cuando está aquí, en casa, en la ciudad, entre nosotros, no es divertido pues amenaza las bases mismas de lo que se ha configurado como “real” y aceptable. Si alguien no cree en lo que acabo de decir, entonces que venga Medea y nos cuente su historia.
En esa dirección es que con mi amiga empezamos a traer a colación a algunas figuras que por un momento de su vida, o por toda su vida, jugaron en el equipo de los ruines, de los viles, de los detestados por una comunidad.
El primero que salió al ruedo fue nuestro viejo y querido William Shakespeare: no porque haya sido malo, o quizás para su época lo fue: las “malas lenguas” (volvemos a los malos/as, al “decir infecto”, al habla ilegítima de “la cintura para ABAJO”) dicen que era homosexual y en su tiempo ser maricón era, claramente, lo peor. En fin, el idolatrado Guillermo no vino a nosotras por eso, sino que porque desgraciada o maravillosamente, Shakeaspere escribió sobre todo… escribió sobre lo humano, su ontológica y dolorosa condición, así que para hablar sobre casi cualquier cosa; el amor, los lazos familiares, la mentira, el dolor, la risa, la muerte, y todo lo demás hay que pasar por este señor oriundo de Stratford –upon- Avon. Shakespeare corporeizó el mal en su brillante cohorte de villanos: el patético Ricardo III, el inescrupuloso Macbeth, pero particularmente en Otelo y la “deleznable” figura de Yago: lo ruin hecho carne, la mentira y el cinismo representados en un personaje que no sólo obra mal, sino que se ufana de su actuar “desviado” y hace de éste casi una bandera de principios que proclama a los cuatro vientos, para quién quiera escucharlo. Ni la ley, ni la muerte, ni la posibilidad del infierno, ni nada harán que Yago modifique en un ápice su actuar.
Entre otros brígidos que desfilaron en la conversa estuvieron Cindy Sherman, Charles Manson, Vivian Leigh (que terminó sus días loca y tuberculosa) y Jean Genet. En relación al último, yo me acordé de dos momentos pertenecientes a su obra que en realidad podrían confluir en una sola idea que es la que me interesa exponer en este texto: la callada pero consciente rebelión que significa hacer migas con “lo impuro”, el oscuro y trizado brillo de aquellos que son el reverso, el espejo invertido de las cosas. La secreta, pétrea pero in-des-men-ti-ble dignidad de los que proyectan la desdibujada (y deforme) figura de aquello que se erige como “correcto” o “normal”. Dick Hebdige abre su maravilloso libro Subcultura recordando la confiscación a Genet, por parte de la policía española, de un tubo de vaselina (que obviamente no era para definir el jopo en el cabello). En Diario del ladrón, el autor francés anota lo siguiente:
“Estaba, sin embargo, seguro de que aquel canijo objeto, tan humilde, los desafiaría; sólo con su presencia sabría sacar de quicio a toda la policía del mundo, atraería sobre sí los desprecios, los odios, las iras virulentas y mudas (Genet, 1967).”*
Genet dice que un objeto, pequeño y miserable, es capaz de hacer saltar a “toda la policía del mundo”, propone este tuvo de vaselina como una grieta, una fisura en un orden hegemónico que sencillamente no tolera ninguna posible desviación del “canon” heterosexual. La vaselina es una bofetada solapada, un callado escupitajo y una silenciosa provocación al régimen patriarcal que obtendría como respuesta lo único que se puede esperar obtener: el odio, la repulsa.
Algo similar ocurre con Las Sirvientas. Ellas representan las bases pútridas de un sistema burgués que las necesita pero a su vez las desprecia. Son “la exhalación malsana” de “La Señora”, la miseria que sustenta y explica la autoridad de ésta. Son, además, la prueba viviente que grita a todo el mundo que las bases de cualquier cultura que se precie de moderna y racional se basa, también, sobre la infamia y el abuso, sobre el desprecio y la discriminación, sobre la ceguera y violencia de aquellas voces que se instalan como portadoras de la verdad y la razón. Genet sistematizó, tanto en su vida como en su obra, la resistencia callada pero odiosa, reivindicó la espeluznante dignidad de “los malos”, hizo de sí mismo y sus personajes (ladrones, putos(as), proxenetas, homosexuales y toda clase de caracteres de borde) heroicos protagonistas de una guerra que, de antemano, los malos tienen y tendrán perdida.
Se me acabó la inspiración así que mejor dejo esto hasta aquí. ¿Tendré que decir que yo me he sentido "mala", también, a veces, un poquito??. Mejor que siga Helter Skelter, y el que entiende la relación la entiende no más. Dios bendiga ¿nuestra? moral y las atrocidades que se comenten en su nombre.
Pero lamentablemente y casi como una ley, sólo podemos conocer por la diferencia: por lo “malo” es que existe “lo bueno” (omito voluntariamente aquí siglos y siglos de filosofía y, muy especialmente, el pensamiento dialéctico, que me perdone mi copiloto Carlitos). Entonces, también lamentablemente, siempre hay alguien que tiene que hacer “el trabajo sucio”, siempre hay algo/alguien que tiene que chapotear en el lodo para que la figura alba y redentora de lo que sea (una ley, un Cristo, un/a sujeto/a u otra figura) tenga alguna gracia y algún poder. Siempre alguien tiene que pintar las cosas color negro (como dirían los Rolling Stones) para que el paisaje multicolor luzca. Y quizás por lo anterior es que las sociedades reaccionan con indignación, asco, ira, rechazo, pero a la vez con una retorcida fascinación hacia estos seres o personajes: ellos, al tocar el mal, al descender a los abismos de la vileza, encarnan aquello que da muchísimo miedo y que es mejor que esté fuera y lejos. Lejos de mí, de mi barrio, de mi gente, de mis amigos, etcétera. Al parecer esta es “la gracia” del mal: cuando puede ser observado desde cierta distancia y, por ende, el riesgo de “contaminación” con esta peste está totalmente controlado. Cuando está aquí, en casa, en la ciudad, entre nosotros, no es divertido pues amenaza las bases mismas de lo que se ha configurado como “real” y aceptable. Si alguien no cree en lo que acabo de decir, entonces que venga Medea y nos cuente su historia.
En esa dirección es que con mi amiga empezamos a traer a colación a algunas figuras que por un momento de su vida, o por toda su vida, jugaron en el equipo de los ruines, de los viles, de los detestados por una comunidad.
El primero que salió al ruedo fue nuestro viejo y querido William Shakespeare: no porque haya sido malo, o quizás para su época lo fue: las “malas lenguas” (volvemos a los malos/as, al “decir infecto”, al habla ilegítima de “la cintura para ABAJO”) dicen que era homosexual y en su tiempo ser maricón era, claramente, lo peor. En fin, el idolatrado Guillermo no vino a nosotras por eso, sino que porque desgraciada o maravillosamente, Shakeaspere escribió sobre todo… escribió sobre lo humano, su ontológica y dolorosa condición, así que para hablar sobre casi cualquier cosa; el amor, los lazos familiares, la mentira, el dolor, la risa, la muerte, y todo lo demás hay que pasar por este señor oriundo de Stratford –upon- Avon. Shakespeare corporeizó el mal en su brillante cohorte de villanos: el patético Ricardo III, el inescrupuloso Macbeth, pero particularmente en Otelo y la “deleznable” figura de Yago: lo ruin hecho carne, la mentira y el cinismo representados en un personaje que no sólo obra mal, sino que se ufana de su actuar “desviado” y hace de éste casi una bandera de principios que proclama a los cuatro vientos, para quién quiera escucharlo. Ni la ley, ni la muerte, ni la posibilidad del infierno, ni nada harán que Yago modifique en un ápice su actuar.
Entre otros brígidos que desfilaron en la conversa estuvieron Cindy Sherman, Charles Manson, Vivian Leigh (que terminó sus días loca y tuberculosa) y Jean Genet. En relación al último, yo me acordé de dos momentos pertenecientes a su obra que en realidad podrían confluir en una sola idea que es la que me interesa exponer en este texto: la callada pero consciente rebelión que significa hacer migas con “lo impuro”, el oscuro y trizado brillo de aquellos que son el reverso, el espejo invertido de las cosas. La secreta, pétrea pero in-des-men-ti-ble dignidad de los que proyectan la desdibujada (y deforme) figura de aquello que se erige como “correcto” o “normal”. Dick Hebdige abre su maravilloso libro Subcultura recordando la confiscación a Genet, por parte de la policía española, de un tubo de vaselina (que obviamente no era para definir el jopo en el cabello). En Diario del ladrón, el autor francés anota lo siguiente:
“Estaba, sin embargo, seguro de que aquel canijo objeto, tan humilde, los desafiaría; sólo con su presencia sabría sacar de quicio a toda la policía del mundo, atraería sobre sí los desprecios, los odios, las iras virulentas y mudas (Genet, 1967).”*
Genet dice que un objeto, pequeño y miserable, es capaz de hacer saltar a “toda la policía del mundo”, propone este tuvo de vaselina como una grieta, una fisura en un orden hegemónico que sencillamente no tolera ninguna posible desviación del “canon” heterosexual. La vaselina es una bofetada solapada, un callado escupitajo y una silenciosa provocación al régimen patriarcal que obtendría como respuesta lo único que se puede esperar obtener: el odio, la repulsa.
Algo similar ocurre con Las Sirvientas. Ellas representan las bases pútridas de un sistema burgués que las necesita pero a su vez las desprecia. Son “la exhalación malsana” de “La Señora”, la miseria que sustenta y explica la autoridad de ésta. Son, además, la prueba viviente que grita a todo el mundo que las bases de cualquier cultura que se precie de moderna y racional se basa, también, sobre la infamia y el abuso, sobre el desprecio y la discriminación, sobre la ceguera y violencia de aquellas voces que se instalan como portadoras de la verdad y la razón. Genet sistematizó, tanto en su vida como en su obra, la resistencia callada pero odiosa, reivindicó la espeluznante dignidad de “los malos”, hizo de sí mismo y sus personajes (ladrones, putos(as), proxenetas, homosexuales y toda clase de caracteres de borde) heroicos protagonistas de una guerra que, de antemano, los malos tienen y tendrán perdida.
Se me acabó la inspiración así que mejor dejo esto hasta aquí. ¿Tendré que decir que yo me he sentido "mala", también, a veces, un poquito??. Mejor que siga Helter Skelter, y el que entiende la relación la entiende no más. Dios bendiga ¿nuestra? moral y las atrocidades que se comenten en su nombre.
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* Hebdige, Dick. Subcultura. El significado del estilo. Barcelona. Paidós. 2004.
1 comentarios:
Concuerdo en que la existencia de estos personajes “singulares” (y sus “productos”), le dan una especie de vía de escape a las inclinaciones suicidas y criminales que de vez en cuando experimenta la mayoría de los sujetos. Supongo que tiene mucho que ver con la catarsis descrita por lo griegos ante las representaciones teatrales, y por ese impreciso invento sicoanalítico conocido como Tánatos. En todo caso, lo que para mí resulta más sintomático es que la “maldad” envuelta en estos personajes, es mucho más atractiva que la “bondad” que trasmiten otros, como los santos. No recurro a este ejemplo por considerarme cristiano o portador de una moral superior; sino porque creo que también vale la pena sumergirse en los polos opuestos a los “malditos”. Hay ahí también otra fuente de conocimiento, otra vía de escape en suma; pero que equilibra en cierto modo la ecuación. Ambos, “bondadosos” y “malditos” nos recuerdan, sencillamente, de lo que somos capaces, y que a la hora de actuar contamos con un fondo de entusiasmo y de creatividad que apenas vislumbramos. En cuanto a tu digresión sobre el lenguaje como expresión del orden, discrepo en cierto sentido. A mi juicio, no es el lenguaje en sí mismo el que contiene una expresión de orden jerárquico o de pureza; sino que aquellos que se encuentran en una posición de jerarquía, dentro de una cultura, utilizan el lenguaje de ese modo; nefasta actitud que se reproduce en varios niveles y en diversos subgrupos.
Saludos
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