A la luz de los resultados de la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN) 2009, no sé qué es lo que me da más rabia: si el hecho de que se tengan que gastar millones de pesos para formular estudios que indiquen y "sustenten" una "realidad" de la cual se dan cuenta hasta los cabros chicos, o las indignantes apreciaciones que sobre la misma realizan los actores políticos de este país. Ver a senadores de la Alianza por Chile argumentando que la ampliación de la brecha entre ricos y pobres es una nefasta herencia de la administración de la Concertación, o ver a gente de la Concertación sosteniendo que la tan indignante diferencia entre los que ganan más y los que ganan menos es sólo cuestión de más o menos programas sociales, es un insulto a la inteligencia de los chilenos y, además, una cara-de-rajez que raya en el escándalo.
Mi madre me ha enseñado desde chiquitita, entre otras cosas, que al pan hay que decirle pan y al vino, vino. Como es de esperar, este ejercicio me ha traído más de un problema en la vida. No obstante, creo que si hago un cálculo costo v/s beneficio, siempre ha sido más amplio el último: el decir las cosas por su nombre y de frente es un acto que me deja con cierta tranquilidad moral que, la mayoría de las veces, me permite dormir en paz. Por eso, ver a un montón de honorables (¡!) echándole la culpa al empedrado, o señalando con fervorosa devoción cristiana que es "inaceptable" el hecho de que la gente pobre sea aún más pobre que hace años atras es, francamente, un espectáculo patético, vil, e indignante. Me gustaría mucho ver por lo menos a uno (¡a uno sólo!) de los integrantes de aquel tropel político asumiendo su responsabilidad en la obtención de los números infames que nosotros, los ciudadanos de a pie, debemos soportar todos los días. Uno al menos aceptando que la culpa de vivir en un país vergonzosamente desigual (superado en Latinoamérica sólo por Brasil, ojo) es de todos aquellos que han tenido parte en la implantación, desarrollo y reproducción del sistema neoliberal. ¡¡Sólo uno!! admitiendo con todas sus letras que gran parte de las malas noticias que viene a dar un instrumento (pésimo) como la CASEN provienen, en gran e importante medida, de una institucionalidad que ellos mismos han elaborado.
Ellos, que hoy lloriquean al ver "al pobre" que vive debajo del puente, o que sostienen que la "superación" de la pobreza implica"un tremendo desafío", o que se golpean el pecho y claman al cielo por los resultados de la famosa CASEN, podrían hacernos el gran favor de hablarnos con la verdad, y decirnos que una de las más directas (y terribles) consecuencias del sistema económico- político que, precisamente, rige nuestras existencias ES LA GENERACIÓN DE DESIGUALDAD. Podrían tener la decencia y el coraje de decirnos en la cara que el hecho de que los pobres sean cada día más pobres es una cuestión generada por las políticas que permiten que los ricos sean cada día más ricos. Políticas que han sido celebradas (desde la dictadura hasta nuestros días) con bombos y platillos y de príncipe a paje por todo el jet- set gubernamental, HASTA que "aparece" en las encuestas (¡¡¡qué aguafiestas son las encuestas!!!) el reverso de esas políticas: la pauperización sostenida de un importante porcentaje de la población. Los mismos que aparecen en cuanta foto, noticia, programa de TV, etc, etc, podrían tener el valor de decirnos que todas, TODAS, aquellas estrategias tendientes a "dinamizar" y "extender" el sacrosanto mercado (estrategias dentro de las cuales podríamos citar la "flexibilización laboral", la privatización de áreas tan importantes como la salud, la educación e, inclusive, el ahorro previsional; y la liberalización de servicios esenciales como el transporte, el agua y otros) tienen como contraparte la pobreza, la desprotección y el abandono a su suerte de un número nada despreciable de compatriotas. Podrían decirnos de frente y claramente que para que "el mercado crezca", y su consecuente para que "la economía crezca", hay muchos que deben pagar un (amargo) precio. No necesitan decirnos quienes son: con ellos nos topamos todos los días. Háganles, a ellos, el favor de no prometerles la dignidad y el respeto que perdieron (o les quitaron). Bajo los dictámenes de una economía de libre mercado, esa promesa es tan cruel y burda, que nadie la merece.